Creando opinión crítica dentro y fuera de la Iglesia





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29 de julio de 2011

¿Qué se beatifica junto a Juan Pablo II? Por José Eduardo Muñoz. Publicado en Alandar, Junio 2011

Es 1º de Mayo, en toda Europa la gente sale a la calle a exigir derechos y justicia social como respuesta ética y política ante la crisis. Juan Pablo II es beatificado en Roma. Las dos noticias abren el telediario como los acontecimientos singulares del día. Un grito restalla en mi cabeza, “indignaos”. Así se llama el pequeño manifiesto que anima a la rebelión pacífica frente a la crisis y que ha vendido más de 1 millón de ejemplares en Francia. Su autor es Stephane Hessel, un ex combatiente de la Resistencia francesa de 94 años y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¿Y qué pasaría si ese grito no lo hubiese lanzado Hessel sino el un poco más joven Benedicto XVI? Pero para una Iglesia que defiende los Derechos Humanos “extramuros” pero no siempre los respeta en su seno, eso parece un sueño, un sueño evangélico, pero un sueño. No, en su lugar, para solaz de unos y malestar de otros nos ofertan un espectáculo de masas centrado en la figura de Juan Pablo II. La pregunta clave es porqué beatifican a Juan Pablo II y no a Juan XXIII o a Oscar Romero, que murieron hace bastante más tiempo y no reúnen menos méritos. No se trata de menospreciar sus virtudes cristianas. Todo eso ha sido ya suficientemente destacado. A la vez que ocultado o minimizado los valores de los anteriormente señalados que no merecen menos ser beatos o santos, y que para mucha gente constituyen un modelo de identificación. Síntoma esto último de la creciente marginación de los sectores que no se identifican con un cristianismo tradicional y preconciliar. A nadie se le escapa que Juan Pablo II no fue solo una persona religiosa, sino que su papado tiene una vertiente política que resulta muy difícil separar de la personal. Este carácter político ha sido resultado por algunos medios de comunicación social, que equivocadamente ligan la beatitud a cuestiones como su indudable talla histórica o la derrota del comunismo. Pero precisamente por ese carácter político, no hacen santos o beatos a Juan XXIII o a mártires como Oscar Romero o Ignacio Ellacuría. A pesar de que su sangre regó los campos de Latinoamérica por una mayor justicia. Su santidad no corresponde a lo que se quiere destacar, no encaja en un modelo eclesiológico demasiado marcado por el autoritarismo, el clericalismo, la monarquía absoluta de Roma, el rechazo de la Ilustración y la impugnación de la cultura moderna y postmoderna. Declararlos santos supondría apuntar a una Iglesia más en línea con el Evangelio, con los pobres y con los problemas y los sufrimientos de las personas del mundo de hoy.

El gran programa político y eclesiológico de Juan Pablo II fue la restauración católica. La demolición progresiva y controlada de lo poco que ya entonces quedaba del Concilio Vaticano II. Ya en el principio de su papado, atacó la autonomía de una Compañía de Jesús que durante el período de Arrupe se volcó en los aspectos sociales de la evangelización. Después destituyó de su cátedra al único teólogo vivo capaz de escribir “best-sellers” teológicos, el suizo Hans Küng, el gran crítico de la infabilidad papal. En lenguaje del Vaticano II, todo un signo de los tiempos de lo que se avecinaba. Posteriormente persiguió a la Teología de la Liberación, acusándola de marxista, haciéndole un favor impagable a la dominación económica de los EEUU en Latinoamérica. En contraste con esto, dio poder a los grupos neoconservadores, entre ellos a Maciel, cuyos escándalos se destaparon en el pontificado de Benedicto XVI. Contribuyó a derribar muros en la Europa comunista al mismo tiempo que se edificaban en el interior de la Iglesia. Persiguió a la “disidencia” y a los “teólogos rebeldes” con celo y autoritarismo. En pocos años cambió el perfil del episcopado mundial, acabando con el legítimo pluralismo católico. Carismático, dominador de las claves de la comunicación social y con “una puesta en escena” magistral se convirtió en uno de los líderes de la revolución conservadora. Se ha hablado mucho tanto de su conservadurismo eclesial y moral como de su dimensión social. Y mucho menos de la contradicción de pretender mayor justicia social y al mismo tiempo defender estructuras eclesiales que son la negación de las mismas. Una mayor justicia social pasa inexorablemente por democratizar el poder, no por ostentarlo autocráticamente. No existe correspondencia posible entre estructuras eclesiales injustas y antidemocráticas y defensa de la dignidad de la persona y la justicia social en el mundo. Pero si existe la correspondencia contraria, entre una Iglesia más evangélica, cercana a las preocupaciones de los más desfavorecidos, más actual y un mundo más justo y en paz. Perpetuó una Iglesia con unas estructuras antidemocráticas, anticuadas y en última instancia antievangélicas, que promueven la sumisión de la persona y que posibilitan persecuciones encubiertas como la del libro sobre Jesús de Nazaret de J. A. Pagola. O lo que es peor obstaculizan la transparencia y la respuesta adecuada a asuntos como el de la pederastia a pesar de la implicación clara y decidida de Benedicto XVI. La alternativa pasa por el reconocimiento, la democratización interna, la igualdad real entre hombres y mujeres y por una concepción más evangélica del poder entendida más como servicio y menos como mera jurisdicción. Ya hay mucha gente y muchos grupos que están en ese camino, simplemente quieren seguir el Evangelio en el mundo de hoy, no en el siglo XIX o en la Edad Media. Gente que no se reconoce en un sistema romano ajeno al mundo y a la cultura de hoy. Gente que no quiere irse y que cree que otra Iglesia es posible y otro mundo también.

7 de marzo de 2010

El Cisma Silencioso

Cada año 200.000 personas abandonan la Iglesia Católica española; no se trata de mediáticas apostasías, ni de retractaciones públicas de intelectuales o de solicitudes de exclusión del registro bautismal. Sino más bien, de personas que poco a poco, -entre la desidia, la desconexión progresiva y alguna manifestación controvertida o estridente de la jerarquía católica- alcanzan un punto en que casi sin darse cuenta, están más fuera que dentro. Un proceso implacable, que se va gestando sin hacer mucho ruido, como el cambio climático o la deforestación del Amazonas. Esta secularización avanza a un ritmo sostenido, resultado de una compleja mezcla de inexorabilidad histórica y de errores estratégicos de la jerarquía eclesiástica para entender ese proceso y darle una respuesta adecuada. Desde luego, sería radicalmente injusto cargar toda la responsabilidad de ese declive sobre los dirigentes eclesiásticos, pero en cualquier institución moderna, los dirigentes de la misma tendrían que dar cuenta de esa situación. Solamente, las instituciones de estilo autoritario, se ven exoneradas de la necesidad de dar explicaciones ante los hechos.


En otros tiempos más lejanos, menos postmodernos, ese cotidiano éxodo podría haber incluso constituido un cisma. En una situación de cristiandad, en la cual la increencia era testimonial e individual, la mayoría de la gente no habría querido quedarse fuera de ninguna iglesia. En nuestra época actual, ese tipo de pertenencia no es tan importante. El mundo del espíritu se ha individualizado mucho, y el sentido de pertenencia a una institución religiosa, -y a otras instituciones “fuertes” como partidos políticos o sindicatos- se ha ido debilitando progresivamente. El destino de las personas que se alejan de la Iglesia Católica es muy variado: grupos menos institucionalizados, otras religiones, satisfacción de sus necesidades espirituales o religiosas con ofertas de tipo no espiritual o la llamada religiosidad difusa, un vago sentimiento “de que algo hay”, sin mayores implicaciones. Pero un denominador común del abanico de respuestas, es la individualización del fenómeno espiritual y religioso. Hablando en plata, ya que la institución no les da juego, cada uno se busca la vida como puede. Según la última y reciente encuesta del CIS, el 76% de los españoles sigue siendo católico, pero el porcentaje de practicantes es muchísimo más bajo. Muchos creyentes no encuentran un lugar en la institución, donde articular y recrear su mundo espiritual y de creencias. Existe una brecha entre la institución y los creyentes. Las razones de esa brecha son muy complejas y de largo recorrido. La percepción que tiene la población española en su conjunto de la Iglesia Católica española es bastante pobre, a pesar del buen hacer de muchos cristianos y de determinadas organizaciones, sobre todo las que actúan en el campo social. Lo peor no es el aumento del rechazo ante lo religioso, sino el aumento de la indiferencia ante el hecho religioso. Esto ha sido bien comprendido por algunos estrategas de la Iglesia española, que han optado por generar rechazo antes que indiferencia. Se trata de hacerse notar, de hacerse visible, “que hablen de mí, aunque sea mal”. Y así poder buscar el chivo expiatorio de la persecución y de martirio, comparando implícitamente una iglesia minoritaria y acosada, -la del imperio Romano- con otra en crisis, pero con numerosos privilegios, -la actual-. Se trata de cohesionar el núcleo interno más conservador ideológicamente, al mismo tiempo que esto permite alejar la vista de los problemas reales y de fondo. Se niega la crisis y se cambia la agenda política.

Entre las muchas y complejas razones que alimentan la brecha entre cristianos, la jerarquía eclesiástica y el conjunto de la población española, cabe destacar una: la falta de modernización religiosa. El Concilio Vaticano II, concluyó con un frágil consenso entre la mayoría reformista y la minoría conservadora que se resolvió en el período posterior al Concilio a favor de la minoría conservadora. Por factores difíciles de explicar aquí, los partidarios de un modelo de Iglesia autoritario y medieval ganaron la partida. Fue, la retirada de la Iglesia a los cuarteles de invierno, de la que habla Karl Rahner. En España, la Iglesia Católica fue durante la transición a la democracia un factor de diálogo, moderación, encuentro y reconciliación. Ahora, la jerarquía eclesiástica, aliada con algunos grupos, ha optado por situarse en un bando del conflicto social, político y cultural. Naturalmente, los partidarios de esa visión tienden a defender sus propias opiniones y su propia ideología, como si se tratara del mismísimo Evangelio, aunque con frecuencia olviden fundamentar sus propios puntos de vista o lo hagan defectuosamente. Les da igual no hacerlo, porque sienten que tienen tras ellos “el peso del aparato y del Derecho”. Dicha falta de modernización religiosa, se expresa en dos actitudes fundamentales: la falta de democracia interna y una propuesta moral bastante anticuada. Por supuesto, ambas situaciones se justifican como de Derecho divino. Según ellos, no cabe otra organización de la Iglesia, que una piramidal y monárquica, con una jerarquía de dominio y no de servicio. Niegan, unos por desconocimiento y otros por propio interés, tanto la propia historia eclesial de prácticas democráticas- como la elección de obispos, y la colegialidad de iglesias- como la investigación teológica al respecto. Sólo pueden echar mano de un Derecho Canónico, que cierra tautológicamente un círculo de hierro con la propia institución. Instituciones autoritarias autoritarias se autolegitiman con derechos autoritarios y viceversa. El resultado de estas estructuras es que un obispo que se supone va destinado a una diócesis para servir a sus fieles sea masivamente rechazado por ellos, y que no pase absolutamente nada. Esto no es justificable desde el Evangelio, sólo desde una ideología autoritaria. Además, coloca a la Iglesia Católica, en un claro fuera de juego cultural y político. Lo mismo cabe decir de una moral que no sirve a la gente para construir sus propias vidas, por responder a paradigmas y situaciones históricas periclitadas. Los cristianos en su gran mayoría, no siguen la mayoría de las indicaciones de la doctrina de la Iglesia Católica al respecto. Muchos de ellos son verdaderos “objetores de conciencia”. La mayoría de la gente también rechaza o no se identifica con un determinado estilo de tratar las cuestiones bioéticas. Los creyentes y también el resto de la sociedad, necesitan testimonios y argumentos para la discusión, no frentismo ideológico. No es responsable, utilizar el debate bioético como un elemento más del combate político e ideológico, ni por parte de las iglesias, ni por parte de los partidos políticos.

La causa y la consecuencia de esta falta de modernización institucional y religiosa es la privatización de la Iglesia Católica al servicio de los intereses de determinados grupos neoconservadores. No solo se privatizan las empresas públicas, sino también instituciones que vehiculan bienes tan importantes para la colectividad como los espirituales y religiosos. El espacio público intraeclesial se está agostando, con el consiguiente empobrecimiento propio y del resto de la sociedad. Las posiciones internas son de exclusión de la crítica y hacia afuera de condena y rechazo del mundo. Nada de esto tiene raigambre alguna en el Evangelio, sino solamente en la ideología integrista de algunos.